Sortu, rechazo y condena


Es propio de las sociedades liberales centrar toda actividad política en el discurso; es decir, en las palabras. Desde luego que la palabra es importante. Cuando se dice que un hombre es de palabra, se afirma que no existe divergencia entre su decir y su obrar. Pero, tomando como base la práctica de los representantes de los partidos en las cámaras parlamentarias, ¿cabe decir que un político de palabra es un hombre cabal?

Me temo que la respuesta es no. Más bien, cabría decir que es un hombre lo suficientemente espabilado para no contradecirse, al menos abiertamente, entre el discurso de ayer y el de hoy. La palabra política de la España que salta del siglo XX al XXI se caracteriza por esto: no busca corresponderse con la realidad, sino sonar bien y armoniosa consigo misma. En esta autorreferencialidad radica su carácter persuasivo. Se ha roto la unidad racional entre palabra y cosa; entre decir y realidad; cuando se dice lo que se piensa, pero se escamotea la realidad, se está haciendo propaganda o, simplemente, se está mintiendo. Efectivamente, los políticos españoles mienten cuando hablan. En general.

Sin embargo, tienen su coartada: aunque el decir no se ajuste a la realidad de las cosas, basta con que se ajuste a los procedimientos democráticos que -en un argumento falaz- dicen que nos hemos dado.

La política reducida a la palabra coherente consigo misma en un discurso que sea respetuoso con los procedimientos democráticos es lo máximo a lo que podemos aspirar. De hecho, los sucesivos planes de educación que ha tenido España desde el comienzo de la era socialista se han encargado de divulgarlo hasta convertirlo, por la repetición, en una creencia común y extendida.

La anterior reflexión venía a cuento de la polémica suscitada durante la semana pasada por el anuncio de la nueva marca de Batasuna: SORTU. Que la ideología y la práctica que representa este grupo es incompatible con la buena vida social parece indiscutible. Lo que me llama la atención es la falta de seriedad y profundidad en los argumentos vertidos por los expertos palabreros de los partidos políticos españoles.

Rechazo o condena. Sortu rechaza, pero no condena. Esa es la madre del cordero. Parece que "rechazar" se refiere al futuro y "condenar" al pasado. Incluso, cabría decir que rechazar, conlleva per se una condena y una rectificación. PP y PSOE rechazan a Sortu porque rechazan pero no condenan la violencia terrorista de ETA. El argumento es un juego de palabras, porque es curioso que estos partidos rechacen pero no condenen a Sortu. Y es que condenar es hacer un juicio y un juicio supone saltar el procedimiento y el discurso para encararse con la realidad. A esto no se atreven, porque también a ellos la realidad los condena.

Con esta reflexión no estoy dando patente a Sortu y lo que representa. Sino que estoy llamando a los partidos a un compromiso con la verdad. A que digan esto es esto. Y si el predicado es negativo, aparecerá la condena. Si Sortu es la máscara de los asesinos, que los condenen; pero que no se pongan a jugar con las palabritas. Quizás eso sea suficiente para el sofista contemporáneo que espera el aplauso de la masa narcotizada. Pero para el que busca la verdad, no.

Comentarios

  1. interesante tu blog....ya me puse como tu seguidora
    (maribel fox) http://www.vidacotidianitica.com/

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  2. Muchísimas gracia por tu juicio acerca de este pequeño espacio. Gracias también por seguirme. Voy a seguir tu ruta

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