La defensora

Volver a ser párroco supone volver a vivir experiencias surrealistas con cierta frecuencia. Amén, de milagros y de providencias. Hoy me voy a detener en un acontecimiento que pudiera padecer extraído de un sueño/pesadilla, pero que tuvo lugar el miércoles 26 de octubre.

Dramatis personae: una pareja de la policía local, un grupo de niños, la catequista, dos señoras de unos 80 años con bolso, el borracho y el párroco.

Escena: una tarde sombría de otoño, tendente a invierno zaragozano con cierzo; la calle Unceta; el complejo parroquial de San Valero, una curiosa construcción de los años 40 del pasado siglo, de ladrillo caravista, entre un revival del gótico y las formas racionalistas. Las 17.30.

Servidor, a la sazón regente de San Valero, llega hasta dicha parroquia, intentando escabullirse del revuelo formado por un borrachín de "buena cepa", instado por un policía local varón y una policía local varona a someterse a la prueba de alcoholemia. El vehículo del sujeto ebrio se encuentra inmovilizado en la calzada, dificultando el paso de otros vehículos, que claman y claman con su claxon.

He de reconocerlo: sabía que el asunto me salpicaría. Y, en efecto, a las 17.45, la catequista del grupo de catequesis de infancia reunido en la sacristía viene a mi despacho asustada hasta el límite de lo humano: -¡Un borracho!, ¡un borracho en la catequesis! Allá me voy y al llegar, el susodicho entablonado comienza a increparme: -¡¿Dónde está mi hija, N.!? Por Diosssssss, ¡¿dónde, dónde, dóoooonde!? Ya. ¡¡¡La han secuestrado!!! Si no me dice dónde está mi hija le pego una paliza que... [Por supuesto: estoy traduciendo y haciendo legible lo que no lo era tanto: -Pod Diorrrrrrrrrrr, ¡¿andeandeandelamrimorena?!].

Y tuve que intervenir: -Señor, cálmese, ¿qué le ocurre? Haga el favor de salir de estas instalaciones. No se da cuenta del mal ejemplo que está dando a los niños [Anda que yo... ¡cómo se iba a dar cuenta el beodo!].

Pero salió. Lo hizo dando portazos, vociferando y llamándome secuestrador [o "edueddradof"]. Le dije: -Váyase. Voy a llamar a su esposa para que recoja a su hija, que no está secuestrada, sino en otro grupo y en otro lugar. ¿Su respuesta?: -"Eduefgrafor". O algo así, dicho de un modo intimidante. Pero salió. Salió insultándome. Como no le pareció suficiente comenzó a insultar a mis hermanos curatas: -Todos los curas son unos hijos de p., de p. y de p.. Todos, todos, todos...

A eso que, por la calle y del brazo, dos señoras muy peripuestas que se encaminaban al Hogar del Jubilado se cruzaron con nosotros. Y comenzaron a lamentarse. Su planto: -Señor, dónde vamos a llegar. Y mientras, se santiguaban ante cada ultraje proferido por mi amigo tablón. Sus signaciones y persignaciones, acompañadas de jaculatorias, acabaron cuando el dipsómano "elevó el nivel" de sus insolencias, hasta dirigirlas al Romano Pontífice en general. Ya no hubo más palabras. Una de las dignas señoras cogió un bolso de la más rancia tradición, bien armado como el de mi abuela Mariana (q.e.g.e.) y el de la Reina de Inglaterra, y comenzó a sacudir al pobre propietario de semejante curda. Mano de santo. Calló y huyó.

Y nunca más se volvió a saber de él. Pobre, borracho y apaleado. Yo me volví a mi confesonario y recordé semejante sucedido que hoy, a petición de una buena amiga, lego a la posteridad a través de este post, mientras todavía resuenan semejantes bolsazos.

[De la niña... Sólo decir que tiene una sensibilidad espiritual extraordinaria].

Comentarios

  1. De todas las maneras, ¡lo que no te pase a ti!. y está visto que no hay como las de la vieja escuela. Lo que está mal está mal, y las abuelicas hicieron lo correcto. Pero... pobre hombre, pobre esposa y pobre hija. Menos mal que Dios en el centro. Un abrazo que me ha parecido graciosísimo lo ocurrido.
    PD: Mi abuela también tenía un bolso igual

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  2. Ya ves, ya ves, Carmen. Hoy he tenido otra que me ha dejado patidifuso. Cuando la procese, la cuento. Gracias por ser tan fiel comentadora y lectora. Un abrazo

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  3. El sucedido bien te podría dar pié para un suculento relato. ¡Cuánto me he reído! Aunque, bien pensado, no me hubiera gustado estar en tu lugar.
    Un abrazo
    José Manuel González

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  4. José Manuel!!! Me alegra verte por este espacio tan querido para mi (aunque tan olvidado). La cosa acabó bien, muy bien. Hace un par de semanas el individuo se acercó a la Parroquia para pedirme perdón. Otro abrazo

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